Un post desde Overblog y X (Twitter) y Facebook

Publicado en 23 Junio 2015

Durante este tiempo, a Rayoluz le sucedió otra cosa notable.
Vio una joven sentada en un pozo y llorando a lágrima viva. El Príncipe se extrañó mucho de ello, puesto que creía que ya no podía haber un ser humano que no fuese feliz.
- ¿Por qué lloras, hija mía? - preguntóle amablemente.
La muchacha no respondió palabra, sino que sollozó más profundamente.
- Pero ¿no oyes acaso los címbalos, las flautas, toda esa música? - insistió el Príncipe, y le levantó suavemente la cara.
- Sí, lo oigo.
- ¿Y lloras aún? ¡Ea! dime el motivo de tus lágrimas, que seguramente podré ayudarte.
- Mi Juan no me quiere, y con todo, yo le quiero a él - contestó por fin con una voz que ahogó el torrente de lágrimas y suspiros.
El compasivo Príncipe se afectó en gran manera - No la quiere, y con todo ella le quiere a él... - murmuró. - ¿Habrá ayuda posible?
Pensativo y caviloso, se dirigió a la Reina de los espíritus y le dijo:
- Querida abuela; él no la quiere, y con todo ella le quiere a él. Y está tan triste, que ni la música la consuela.
Sonrióse amablemente la Reina e hizo llamar a un diminuto espíritu, que compareció al instante.
- Tu hermano - dijo la Reina - se ha llevado el espíritu de las llaves; pero yo reservé para ti ese amable espíritu niño, que aquí ves: es el espíritu del corazón. Abre los corazones de los hombres y puede introducir en ellos todos los bellos pensamientos que uno concibe y todos los puros sentimientos que uno alienta en su alma.
Contento y satisfecho el Príncipe, besó a la Reina en las puntas de los dedos y, valle abajo, se dirigió a la muchacha y la acompañó a casa del joven.
Una vez en ella mandó el Príncipe al espíritu que abriese el corazón del joven, y la muchacha metió dentro de él todos los sentimientos de amor que por él tenía.
Echósele el joven al cuello y lloraron ambos, pero ahora las lágrimas fueron de dicha y felicidad.
Un día el Emperador se puso enfermo, y presintiendo que se acercaba su fin, hizo llamar a sus dos hijos y les dijo con voz muy apagada:
- Hijos míos, mi existencia es breve, y dejo heredero de mi reino al de vosotros que más lo haya merecido. A mi muerte, la soberana del imperio de oriente intentará apoderarse de mi reino; ha abierto en los muros limítrofes unas puertas, por las cuales su ejército ha de invadir el mío. Es joven y bella, pero salvaje e indomable. El de vosotros que logre domarla y luego hacerla su esposa, tendrá su reino y por lo mismo reunirá en paz y satisfacción a todos los pueblos de la tierra bajo su cetro y será el soberano de los dos imperios. Esta es mi voluntad. Haced, pues, que la suerte y vuestra habilidad sean las que decidan. Prometedme que os someteréis a esta decisión y que no surgirá jamás entre vosotros la discordia.
"¡El que levante su mano contra el otro, que se pierda para siempre!"
Hicieron los dos Príncipes un terrible juramento y poco después murió su padre, el Rey.
Sucedió tal como él lo había previsto. Vigilda, La soberana del imperio de oriente, penetró con muchas miles de guerreros por las aberturas practicadas en el muro divisorio de ambos imperios y quiso someter el de occidente a su soberanía: sus soldados incendiaron las ciudades, asolaron los campos y dieron muerte a los habitantes del país.
Entonces Rayofuego pidió auxilio a su espíritu de la guerra, el cual con un soplo de su aliento transformó en soldados todos los árboles de los bosques y los armó con lanzas y escudos; púsose al frente de ellos y derrotaron completamente al enemigo.
La Reina, con su ejército, retrocedía, por las puertas que mandara practicar en la muralla, hasta la capital de su país. El imperio de occidente fue nuevamente libre.
Al llegar Rayofuego con su ejército a la muralla divisoria, quiso ocupar el país de la Reina, su enemiga; pero no fue posible escalar la muralla a causa de su altura. Entonces ordenó al espíritu de la naturaleza que destruyese el país enemigo.
Así se hizo: las casas de las ciudades y aldeas cayeron a causa de los terremotos, abrióse en varios lugares la tierra, y los aludes terminaron la obra de destrucción.
Presentóse entonces Rayofuego a la Reina y díjole sarcásticamente:
- Ya ves cuán fuerte soy; pero me da pena y quisiera reparar estos daños y que fueses mi esposa.
- ¡Apártate de mi presencia, hombre aborrecible! - gritó la Reina. - Has destruido mi reino y mi felicidad. Antes la muerte que ser esposa tuya.
Ciego de coraje por la repulsa se fue a su casa, refirió a su buen hermano cuanto había sucedido e infamó a la joven Reina.
Afligióse en extremo el compasivo corazón del Príncipe Rayoluz y mandó enseguida llamar al espíritu del trabajo y le pidió que reconstruyese todo el país vecino.
El espíritu puso inmediatamente manos a la obra. Fue a las flores del campo y con su aliento las transformó en albañiles, cerrajeros, carpinteros, como también en labradores y siervos. En poco tiempo quedaron reconstruidas las casas, los templos y los palacios.
En los campos sintiéronse también los efectos del hálito del espíritu del trabajo: el trigo alcanzó una notable ufanía y en las viñas colgaban de las vides preciosos racimos.
La risa se dibujó por primera vez en los labios de la Reina Vigilda, y partió a donde estaba el Príncipe Rayoluz, para agradecerle sus bondades.
Al presentarse ante ella, con sus rubios rizos y sus ojos de suave mirar, le agradó en gran manera. Él también sintió amor en su pecho por la hermosa y salvaje Reina. Y al mirarla suplicante y pedirle con sus ojos la mano, contestó ella:
- Agradezco, príncipe de todo corazón tus bondades; pero mi mano no puede ni podré jamás darla al enemigo.
Tuvo el Príncipe un disgusto tan grande que cayó desvanecido; pero Rayofuego se reía a carcajada suelta al ver que su hermano había sido rechazado como él. En cuanto se recobró, llamó Rayoluz al espíritu del corazón. Compareció éste y los dos fueron sigilosamente a la habitación de la reina. El pequeño espíritu abrió, con su llave, el corazón de la soberana, y el Príncipe puso en él toda su delicadeza y amor, hasta calmarlo. Ya en el acto vio cómo se dibujaba una sonrisa de complacencia en el rostro de la durmiente. Contento y satisfecho se retiró a su habitación. La boda se celebró a no tardar, y fueron invitados a ella todos los súbditos del reino. Fue derribada la muralla que separaba ambos países, y el príncipe Rayoluz subió, como soberano, al trono de su padre y a la vez al de la Reina. Así, fue emperador de oriente y occidente y, con ello, de toda la tierra. Y todos los hombres se alegraron y regocijaron de tener un soberano tan bueno. Únicamente torcía la cara el príncipe Rayofuego. Apartóse de su hermano y de la hermosa esposa de éste y en su interior les juró venganza; pero no se atrevía a emprender nada contra ellos, por la palabra que había dado a su padre en el lecho de muerte.
Sin embargo, su envidia y sus celos no le dejaban vivir, por lo cual fuése a rodar mundo con cara triste, pensando siempre y rumiando cómo podría deshonrar a su hermano y su mujer para gobernar él. Así que llegó al último límite del mundo, se le puso súbitamente delante una enorme pared de nubes, que llegaba de la tierra al cielo. Al otro lado estaba el mundo de los temibles monstruos. "Quizá me puedan ayudar", pensó el rabioso príncipe, y llamó al espíritu de las llaves. Abrió, las nubes se apartaron y entró el Príncipe, pero vio allí seres tan espantables, que empezó a temblar de pies a cabeza; pero el deseo de perjudicar a su hermano hizo que reaccionase, y concentrando fuerzas, les increpó:
- ¿Por qué vivís en esa estéril región, en este inhospitalario país? Al lado de allá de esta espesa nube hay un excelso país lleno de precioso botín. Silo asaltáis y dais muerte al Emperador y a la Emperatriz, todo será vuestro y podréis impunemente devorar bueyes, caballos, carneros y todo cuanto os dé la gana.
Y riéndose a medias, añadió:
- Allí incluso tendréis la delicada y sabrosa carne humana para saciaros. ¡Ea! yo abriré esta pared de nubes, y se os franqueará la entrada al país de la tierra.
En efecto, todos los monstruos fabulosos, gritando desaforados, irrumpieron en el reino de Rayoluz. A su vista huían despavoridos hombres y animales, y llenos de angustia y horror acudieron al trono imperial:
- Señor, protégenos; defiéndenos, soberano nuestro - clamaban; - de lo contrario, pereceremos todos.
El Emperador ya de lejos había visto aquella enorme polvareda que levantaba el remolino de los monstruos. Bajó, pues, de su trono, y su semblante apareció lleno de claridad y reflejando esperanza y seguridad. Los monstruos quisieron echarse sobre él, pero con gran serenidad hizo un gesto con la mano y se oyó de repente una maravillosa música: las flautas daban notas celestiales; de los violines salían ya acentos de sollozos y amargos lloros, ya tonos de inmenso júbilo; los címbalos daban cantos de regocijo; los clarinetes melodías claras, nítidas. En pocos momentos, todo el mundo quedó bajo el hechizo de la belleza y el anhelo.
Los hombres olvidaron su azoramiento, y sus corazones se apaciguaron; las flores erguían sus corolas y los pájaros saltaban de rama en rama gozosos ante aquel raudal de agradables tonos. Abrióse el cielo y los ángeles miraban a la tierra asombrados y arrebatados de estupor. Los temibles animales se mantuvieron quietos y escuchaban atentos, y cuanto más oídos prestaban, más disminuía su furia, su rabia y su coraje; más aún, algunos de ellos, los más fieros y espantables, empezaron a bailar, de suerte que aquello se convirtió de violenta agresión en inocente orgía. Cuando estuvieron satisfechos todos los animales fabulosos y los monstruos, como no vieron nada de lo que se les prometiera, se volvieron a su país, cerróse la pared de nubes y cesó el alboroto.
Al ver Rayofuego que su proyecto había lamentablemente fracasado, concibió otro más diabólico, genuinamente diabólico. En su continuo vagar por el mundo, llegó a un sitio donde no podía penetrar por impedírselo una alta puerta de granito. Era la entrada que conducía al infierno. Sin pérdida de momento hizo que la abriese el espíritu de las llaves; atravesó un ancho patio donde había miles de cazos llenos de pez y azufre hirviendo, y luego entró en una espaciosa sala.
Invadióle una fuerte ola de calor. Todo era fuego, todo ardía al rojo blanco. Demonios negros, con pies de chivo y cuernos en la frente, atizaban sin cesar el fuego, con gigantescas palas. Los condenados estaban metidos en calderas y el sudor les corría de todos los poros del cuerpo. Algunos hacían su almuerzo, que consistía en pedazos de hierro y pan de piedra, y para toda bebida tenían un fortísimo vinagre y jugos venenosos, que les propinaban a la fuerza unos diminutos diablillos, que constituían uno de sus tormentos. Osado discurría el príncipe entre aquella generación de víctimas y verdugos, hasta que llegó adonde se hallaba su alteza el Príncipe de los demonios, y firme en su obsesión, le dijo:
- Ayúdame, gran señor, contra mi infame hermano, que acaba de arrebatarme el trono y la mujer.
Rióse sardónicamente el príncipe de los demonios:
- Te ayudaré - dijo, - pero ¿a qué precio?
Rayofuego, desconcertado, no halló respuesta que dar. Siguió pues el diablo mayor:
- Mira, aquí tienes este pequeño puñal, que trabaja por sí mismo y no necesita mano humana que lo encamine; pincha de muerte cualquier corazón, con sólo decir, teniéndolo en la mano:

"¡Oh diabólico puñal!
Pica el corazón humano con picadura mortal".

» Con él puedes dar muerte a tu hermano y a la Emperatriz. Si lo logras, serás Emperador; pero si fracasas en tu empresa, estás perdido para siempre. Si este precio pagas, el puñal es tuyo.
- Conforme - replicó el Príncipe, - venga el puñal.
Los ojos le chispeaban. Rióse de nuevo con sonrisa entre maligna y sardónica y dijo:
- Bueno, ahí va el puñal. Esgrímelo, Príncipe Rayofuego; haz tu obra; te deseo todo el mal del infierno para ello.
El Príncipe le hizo una reverencia y se alejó. De regreso en la tierra, quiso probar enseguida la eficacia del puñal. El primero con quien se tropezó fue un anciano que a la puerta de su casa sentado estaba, fumando su pipa. Inmediatamente murmuró:

"¡Oh diabólico puñal!
Pica el corazón humano con picadura mortal".

El anciano cayó desplomado. Satisfecho quedó el Príncipe de la fidelidad del arma y contento al pensar lo que le serviría para matar a su hermano. Apretó, pues, el paso, camino de palacio y en el trayecto ensayó otras veces el puñal en hombres, mujeres y aun niños. Sembró la calle de cadáveres.
Al llegar el infame Príncipe a la puerta de palacio, era ya noche cerrada. Abrió todas las puertas por medio del espíritu de las llaves hasta que por fin llegó a la cámara regia. Allí estaban Rayoluz y su bella esposa durmiendo profundamente: un claro reflejo de amor y de paz se extendía sobre sus semblantes como un velo de tul. Al ver Rayofuego tan felices y pacíficos a aquellos a quienes tan de corazón odiaba, la rabia se apoderó de su alma. Empezaron a saltarle chispas de los ojos y espumarajos de la boca. Ya no tuvo espera ni para pronunciar la diabólica fórmula, sino que se echó con el puñal en ristre sobre los que dormían; pero al ir a hincar el arma, sintió un algo que le paralizaba la mano. El puñal resbaló y cayó al suelo. La mano del criminal quedó arrugada y gris; desecada según la maldición de su padre. Él, con el rostro desencajado, comprendió que su perverso intento se había frustrado.
Rayoluz y su esposa despertaron y al ver o su lado al asesino, quedaron horrorizados. El bueno de Rayoluz se inclinó enseguida al perdón. Pero de repente se abrió la ventana y se oyó una amarga y maligna carcajada, y una llamarada de fuego arrebató, a los azorados ojos de la imperial pareja, al Príncipe Rayofuego y lo llevó directamente al infierno. Allí se está aún consumiendo, alimentándose de pedazos de hierro y pan de piedra y apurando para bebida, vinagre y zumos venenosos.
Rayoluz y su esposa, la Emperatriz, vivieron largos años, gobernando en paz y tranquilidad a sus felices súbditos.

Escrito por olga

Etiquetado en #Cuentos Populares Del Mundo

Repost0
Para estar informado de los últimos artículos, suscríbase:
Comentar este post