EL SUEÑO DE DUNCAN PARRENNESS

Publicado en 9 Junio 2015

EL SUEÑO DE DUNCAN PARRENNESS

Como Mr. Bunyan en los viejos tiempos, yo, Duncan Parrenness, escribiente de la muy honorable Compañía de las Indias Orientales, en esta ciudad de Calcuta, abandonada de los dioses, he tenido un sueño, y nunca, desde que mi yegua Kitty se quedara coja, me he sentido tan preocupado. Por lo tanto, no fuera a darse el caso de que olvidara mi sueño, me he apresurado a hacer un esfuerzo para consignarlo aquí. Aunque bien sabe el Cielo con cuánta dificultad tomo la pluma yo, que siempre estuve más presto con la espada que con el tintero cuando abandoné Londres hace ya dos largos años.

Cuando el gran baile del Gobernador General (que él ofrece cada año a fin de noviembre) hubo termi­nado, yo me había retirado a mi habitación, que da a ese río taciturno y nada inglés que conocemos como el Hoogly, tan poco sobrio como pudiese estarlo, hay que decir que lo que en Occidente constituye una borrachera en toda regla, en Oriente no es más que estar achispado, y yo estaba nornoroientalmente borracho, como hubiera podido decir el señor Shakespeare. Con todo, a pesar del alcohol, los frescos vientos de la noche (no obstante haber oído yo decir que alimentan catarros y flujos innu­merables) me serenaron un tanto, y recordé que yo tan sólo había sufrido ligeras indisposiciones y una suerte de agotamiento físico debido a las diversas enfermedades de los últimos cuatro meses, mientras que aquellos jóvenes presumidos que habían venido al este en el mismo barco que yo llevaban ya un mes plantados en la eternidad y en el horrible suelo que se extiende al norte del Edificio de los Escribientes. Así que di vagas gracias a Dios (aunque debo decir para mi vergüenza que no me arrodillé para hacerlo) por haberme concedido licencia para vivir, al menos hasta que marzo volviera a estar de nuevo sobre nosotros. En verdad, nosotros, los vivos (y constituíamos un número mucho menor que aquellos que habían ido a rendir cuentas finales con los últimos calores) habíamos festejado la noche con gran alboroto,) unto a las murallas del fuerte, celebrando la magnanimidad de la Providencia; aunque nuestras chanzas no habían sido ingeniosas ni tampoco de naturaleza tal que hubiese agra­dado a mi madre oírlas.

Cuando me hube acostado (o más bien arrojado sobre la cama) y los vapores del alcohol se hubieron disi­pado un tanto, descubrí que no podía dormir, pensando en un millar de cosas de las que debieran dejarse en el olvido. En primer lugar, y hacía ya tiempo que no pensa­ba en ella, apareció a los pies de mi cama el dulce rostro de Kitty Somerset, como dibujado en un cuadro, con tanta nitidez que casi llego a pensar que estaba presente en carne y hueso. Entonces recordé que era ella quien me había enviado a este maldito país, con la pretensión de que me hiciera rico para poder casarme con ella muy pronto, a lo cual consentían nuestros padres respectivos; y luego recordé cómo ella se lo había pensado mejor (o peor, tal vez) y había contraído matrimonio con Tom Sanderson apenas tres meses después que yo me hubiera embarcado. De Kitty pasé a divagar acerca de Mrs. Vansuythen, una mujer pálida y alta, de ojos violeta, que había venido a Calcuta desde la Fábrica Holandesa de Chinsura y había sembrado la enemistad entre todos nuestros jóvenes y no pocos comisionados. Algunas de nuestras damas, es verdad, decían que nunca tuvo mari­do, ni tampoco hubo matrimonio alguno en su haber; pero las mujeres, en especial aquellas que se han limitado a vivir vidas honestas e insulsas, son crueles y duras unas con otras. Además, Mrs. Vansuythen era mucho más guapa que todas ellas. Había sido de lo más amable con­migo en la recepción del Gobernador General, y en ver­dad se puede decir que yo era considerado por todos como su preux chevalier, que es la expresión francesa que encubre otro mucho peor. Pues bien, si la dicha Mrs. Vansuythen me importaba lo que un pinchazo de alfiler (a pesar de que le había jurado amor eterno tres días des­pués de conocernos), no lo supe entonces ni después; pero mi orgullo y mi habilidad con la espada, que ningún hombre en Calcuta podía igualar, me mantenían dentro del campo de sus afectos. Así que yo creía que la adora­ba.

Cuando logré apartar sus ojos violeta de mi pen­samiento, la razón me reprochó el haberla seguido siquie­ra; y vi que el único año que había vivido en esta tierra había quemado y agostado mi mente hasta tal punto, con las llamas de miles de pasiones y deseos malsanos, que había envejecido diez meses por cada mes pasado en esa escuela de Satán. Con lo que me puse a pensar en mi madre durante un rato, y me sentí muy arrepentido: en mi talante de pecador borracho hice mil votos de enmien­da, rotos todos ellos desde entonces, me temo, una y otra vez. Mañana, me decía a mí mismo, viviré limpiamente para siempre. Y sonreía media alelado (el alcohol todavía me dominaba) al pensar en los peligros de los que había escapado; y construí todo tipo de castillos en el aire, en los que una fantasmagórica Kitty Somerset, de ojos vio­leta y con el dulce hablar lento de Mrs. Vansuythen, era siempre Reina.

Por fin, se apoderó de mí un valor magnífico y espléndido (del que sin duda era responsable el madeira de Mr. Hastings), que iba creciendo hasta tal punto que parecía posible que yo me convirtiera en Gobernador General, Nabab, Príncipe, ay, el Gran Mogol mismo, simplemente con la fuerza del deseo. Por lo que di los pri­meros pasos, bastantes azarosos e inestables, en pos de mi nuevo reino, y golpeé a mis sirvientes, que dormían en el exterior, hasta que se pusieron a aullar y me abando­naron corriendo, y conjuré al Cielo y a la Tierra para que diesen testimonio de que yo, Duncan Parrenness, era un escribiente al servicio de la Compañía y que no temía a hombre alguno. A continuación, viendo que ni la luna ni la Osa Mayor se dignaban aceptar mi reto, me volví a acostar y me debí de quedar dormido.

Me desperté en seguida al oír mis últimas pala­bras repetidas dos o tres veces y vi que había entrado en el cuarto un hombre borracho, pensé yo, de la recepción de Mr. Hastings. Se sentó a los pies de lo que a los ojos del mundo entero era mi cama como si fuese la suya, y yo tomé nota, lo mejor que pude, de que su cara era más o menos como la mía aunque más vieja, excepto en los momentos en que se transformaba en la cara del Gobernador General o de mi padre, muerto hacía seis meses. Pero todo esto me parecía natural, y el resultado obvio del mucho vino; y yo estaba tan irritado ante su aparición que le dije, sin demasiada educación, que se fuera. Pero no contestó a mis palabras, limitándose a repetir despacio, como si fuera un dulce bocado: «Escritor al servicio de la Compañía, sin miedo ante nin­gún hombre. Y entonces se detiene de repente y, volvién­dose abruptamente hacia mí, me dice que alguien con mi brío no tiene por qué temer a hombre o demonio alguno; que yo era joven gallardo y apto, si vivía lo suficiente, para llegar a ser Gobernador General. Pero que por todo ello (y supongo que se refería a las variaciones y ventu­ras de nuestra accidentada vida en estas tierras) tenía que pagar mi precio. A esa altura, ya me había serenado en parte y, hallándome bien despierto en mi primer sueño, estaba dispuesto a considerar el asunto como la chanza de un hombre algo borracho. Así que digo alegremente: « ¿Y qué precio deberé pagar por este mi palacio, que no tiene sino doce pies cuadrados, y por mi pobre sueldo de cinco pagodas mensuales? Al diablo contigo y con tus chanzas: he pagado el precio por duplicado con mis enfermedades. Y en ese momento, mi hombre se vuelve hasta darme la cara por completo: de forma que la luz de la luna veía cada una de las arrugas y surcos de su rostro. Y entonces mi gozo alcohólico se evaporó de la misma forma en que yo he visto agostadas las aguas de nuestros grandes ríos en una sola noche; y yo, Duncan Parrenness, que no temía a hombre alguno, me vi presa de un terror más devastador que el que nunca haya cono­cido mortal alguno. Porque vi que su rostro era mi pro­pio rostro, pero marcado y arrugado y lleno de cicatrices de los surcos de la enfermedad y de una larga vida diso­luta, de la misma forma que yo, en una ocasión, cuando estaba en verdad muy borracho (¡y Dios me ampare!), vi mi propio rostro, completamente blanco, macilento y envejecido, en un espejo. Tengo para mí que cualquier hombre hubiera sido más temido incluso que yo, porque yo no carezco en absoluto de valor.

Cuando ya llevaba un rato acostado, sudando en agonía y esperando despertar de este sueño terrible –– porque yo sabía que no era más que un sueño––, me vuel­ve a decir que tengo que pagar mi precio; y un poco después, como si éste se pagara en rupias y pagodas: « ¿Cuánto vas a pagar? ». Y yo digo, muy bajo: «Por el amor de Dios, déjame en paz, quienquiera que seas, y de ahora en adelante me corregiré». Y él sigue, riéndose un tanto de mis palabras, pero sin dar indicios, por otra parte, de haberlas oído: «No. Sólo quiero liberar a un joven fanfarrón como tú de muchas cosas que serían un lastre para ti, en tu camino por la vida en la India, porque, créeme ––y al llegar aquí me vuelve a mirar fija­mente a la cara una vez más––: no hay retorno». Ante este galimatías, que entonces no conseguí entender, me quedé bastante desconcertado y esperé a ver qué sucedía a continuación. Y él dice con toda calma: «Entrégame tu confianza en los hombres». Al oír esto comprendí la mag­nitud del precio que se me exigía, porque no dudé ni por un momento que conseguiría de mí todo lo que quisiera, y tenía la mente ––por el terror y el insomnio –– toda des­pejada del vino que había bebido. Así que le interrumpí, llorando y exclamando que no era tan malo como él pen­saba y que yo confiaba en mis compañeros al máximo, en la medida en que ellos se lo merecían. «No tuve yo la culpa –– dije –– si la mitad eran mentirosos y la otra mitad merecía que les quemara la mano», y de nuevo le pedí que acabara con sus preguntas. Y entonces me callé, un poco asustado, es verdad, por haberme dejado ir de la lengua, pero él no prestó atención a ese detalle, y se limi­tó a posar su mano con suavidad sobre el lado izquierdo de mi pecho, y lo sentí frío, por un tiempo. A continua­ción dice, riéndose más y más: «Dame tu fe en las muje­res». Al oír eso, di un salto en la cama, como si me hubieran dado un punzazo, porque pensé en mi dulce madre en Inglaterra, y por un momento imaginé que mi fe en las mejores criaturas de Dios no me podía ser roba­da ni conturbada. Pero más tarde, los ojos duros de mi Yo cayeron sobre mí, y caí en pensar, por segunda vez aque­lla noche, en Kitty (la que me había dejado y se había casado con Tom Sanderson) y en Mrs. Vansuythen, a la que sólo mi orgullo infernal me había inducido a seguir, y en cómo era incluso peor que Kitty, yyo el peor de todos, viendo que con la obra de mi vida por realizar, debía necesariamente bailar a lo largo del camino pulido y her­moseado del Demonio, porque, en verdad, al extremo de él me esperaba la sonrisa ligera de una mujer. Y pensé que todas las mujeres del mundo eran como Kitty, o bien como Mrs. Vansuythen (como en realidad lo han sido desde entonces para mí), y esto me llevó a tales extremos de rabia y dolor que me alegré más allá de lo que las pala­bras pueden expresar cuando de nuevo la mano de mi Yo volvió a posarse sobre el lado izquierdo de mi pecho y ya no me perturbaron semejantes locuras.

Después de esto se quedó en silencio un rato, y yo tuve la certeza de que él debía marcharse o de que yo des­pertaría antes de mucho tiempo, pero de inmediato habla otra vez (y muy suavemente) y dice que yo soy tonto al preocuparme de naderías como las que ha obtenido de mí, y que antes de marcharse sólo me quiere pedir unas cuanta fruslerías que ningún hombre ––y, llegado el caso, ningún joven–– conservaría en este país. Y así sucedió que cogió de mi propio corazón, por así decir, sin dejar de mirarme a la cara con mis propios ojos mientras lo hacía, todo lo que quedaba de mi alma y conciencia de joven. Esto fue para mí una pérdida más terrible que las dos que había sufrido antes. Porque, Dios me ayude, a pesar de que yo me había alejado mucho de todos los caminos de la vida buena o decente, todavía quedaba en mí, aunque sea yo mismo quien lo escriba, cierta bondad de corazón que, cuando estaba sobrio (o enfermo) me llevaba a lamentarme de todo lo que había hecho antes que este ataque me sobreviniera. Y esto lo perdí por completo: en su lugar experimenté una frialdad mortal en el corazón. No tengo, como he dicho antes, facilidad con la pluma, por lo que temo que lo que acabo de escribir pueda no ser entendido con presteza. Sin embargo, hay épocas en la vida de un hombre joven en que, a través de un gran dolor o del pecado, todo cuanto hay de niño en él se quema y se agosta, de forma que pasa de un plumazo al más penoso estado de madurez, tal como nuestro llame­ante día indio se transforma en noche sin que exista apenas el gris del crepúsculo que atempere los dos extremos. Quizá esto clarifique mi estado, si se recuerda que mi tor­mento fue diez veces mayor que el que sufre cualquier hombre en el curso natural de la naturaleza. En aquel momento ni me atrevía a pensar en el cambio que se había producido en mí, y en una sola noche, aunque a menudo he vuelto a pensar en é. «He pagado el precio», digo, y mis dientes castañeteaban, porque estaba muerto de frío. « ¿Y qué he sacado a cambio? ». Ya era casi de día, y mi Yo había comenzado a palidecer y a hacerse más del­gado contra la luz blanca del este, como me decía mi madre que les ocurría a los fantasmas, los demonios y otros seres aparecidos. Hizo ademán de marcharse, pero mis palabras le detuvieron, y se rió como yo recuerdo haber reído cuando atravesé con la espada a Angus Macalister el último agosto porque insultó a Mrs. Vansuythen. « ¿Qué te doy a cambio? ––dice, repitiendo mis últimas palabras––. ¡Vaya! Fortaleza para vivir tanto como Dios o el Demonio quieran, y mientras vivas, mi joven amo, mi prenda». Y con estas palabras depositó algo en mi mano, aunque estaba demasiado oscuro para ver lo que era: cuando volví a alzar el rostro para mirar­le, se había ido.

Cuando se hizo de día me apresuré a contemplar su prenda y vi que era un pequeño trozo de pan seco.

EL PEQUEÑO TOBRAH

La cabeza del prisionero no alcanzaba a verse en el banquillo de los acusados», como suelen decir los diarios ingleses. Sin embargo, este caso no lo recogieron los periódicos, porque a nadie le importaba lo más mínimo la vida o la muerte del Pequeño Tobrah. Los asesores lo estuvieron examinando, durante toda la larga y cálida tarde, en el juzgado rojo, y cada vez que le pre­guntaban algo él lloriqueaba y hacía zalemas. La senten­cia dictaminó que no había pruebas concluyentes, y el juez no puso objeciones. Bien es verdad que el cuerpo sin vida de la hermana del Pequeño Tobrah había sido encontrado en el fondo del pozo, y que el Pequeño Tobrah era el único ser humano que se encontraba enton­ces en los alrededores, en media milla a la redonda, pero la niña podía haber caído por accidente. Por consiguien­te, el Pequeño Tobrah fue absuelto y le dijeron que se podía ir libremente. Este permiso no era tan generoso como parece, porque no tenía adonde ir, ni tampoco nada que comer, y nada en absoluto con lo que vestirse.

Entró corriendo en el patio y se sentó en el brocal del pozo, preguntándose si una zambullida desgraciada en las negras aguas del fondo terminaría en un viaje for­zado a través de la otra Agua Negra. Un mozo de mulas dejó un morral vacío encima del brocal, y el Pequeño Tobrah, hambriento, se dispuso a escarbar los pocos gra­nos húmedos que el caballo había despreciado.

–– ¡Ladrón! ¡Y ahora mismo te has librado del peso de la Ley! ¡Ven conmigo! ––dijo el mozo, y agarrándole de la oreja llevó al Pequeño Tobrah hasta un inglés enorme y gordo, que escuchó la historia del robo.

–– ¡Ajá! ––dijo el inglés por tres veces (la verdad es que dijo otra palabra bastante más altisonante) Ponedlo en la red y llevadlo a casa.

Y arrojaron al Pequeño Tobrah a la red del carro, y, sin que dudara ni por un momento de que le iban a matar como si fuera un cerdo, fue conducido a la casa del inglés.

–– ¡Ajá! ––repitió el inglés––. Grano mojado, ¡por Júpiter! ¡Que alguien se ocupe de alimentar al por­diosero y haremos de él un jinete! ¿Lo veis? ¡Grano mojado, Dios santo!

–– Cuéntanos tu historia ––dijo el jefe de los esta­blos cuando hubo acabado la comida y los criados des­cansaban en sus alojamientos, detrás de la casa––. Tú no eres de la casta de los palafreneros, excepto por lo que respecta a tu estómago. ¿Cómo llegaste a los juzgados, y porqué? ¡Contesta, hijo del diablo!

–– No tenía qué comer ––dijo el Pequeño Tobrah con calma––. Éste es un buen lugar.

–– Habla claro ––dijo el jefe o haré que limpies el establo de aquel semental alazán que muerde como un camello.

Somos telis, fabricantes de aceite ––dijo el Pequeño Tobrah, rascando el polvo con los dedos de los pies––. Éramos telis..., mi padre, mi madre, mi hermano, que me llevaba cuatro años, yo y mi hermana.

–– ¿La que encontraron muerta en el pozo? –– dijo alguien que había oído hablar del juicio.

–– Eso mismo ––dijo el Pequeño Tobrah muy serio––. La que encontraron muerta en el pozo. Hace mucho tiempo, tanto que no me acuerdo, una enferme­dad devastó el pueblo donde estaba nuestro molino, y primero fue mi hermana la que se vio atacada en los ojos y se quedó ciega, porque era la mata, la viruela. A conti­nuación, mi padre y mi madre murieron de la misma enfermedad, así que nos quedamos solos..., mi hermano, que tenía doce años, yo, que tenía ocho y la hermana que no veía. Con todo, nos quedaban el molino y el buey, y empezamos a trabajar como antes. Pero Surjun Dass, el vendedor de granos, nos estafó en sus tratos, y además, el buey era muy obstinado y muy difícil de arrear. Pusimos sobre el cuello del buey flores de caléndula como ofrenda a los dioses, y también sobre la gran viga de moler que atraviesa el techo, pero no ganamos nada con eso, y Surjun Dass era un hombre muy duro.

–– Babri-pap ––murmuraron las mujeres de los mozos––, ¡engañar así a unos chiquillos! Pero ya sabe­mos nosotras lo que son los mercaderes, hermanas.

–– El molino era viejo y no éramos hombres fuer­tes..., mi hermano y yo, tampoco podíamos fijar bien la viga en sus grilletes.

–– Claro que no ––dijo la mujer del jefe de las caballerizas, ataviada magníficamente, uniéndose al grupo––. Eso es trabajo para hombres fuertes. Cuando yo era soltera, en casa de mi padre...

–– Calla, mujer dijo el jefe de las caballerizas ––. Sigue hablando, chico.

–– No es nada ––dijo el Pequeño Tobrah––. La gran viga se desprendió del techo un día del que ya no me acuerdo, y con el techo se cayó gran parte de la pared de atrás y ambos cayeron a su vez sobre el buey, rompién­dole el espinazo. Así que nos quedamos sin casa, sin moli­no y sin buey..., mi hermano, yo y mi hermana la que estaba ciega. Nos marchamos llorando de aquel lugar, de la mano, a través de los campos, y sólo teníamos siete annas y seis pais. Había hambre en el país. No me acuer­do del nombre de aquel país. Y una noche, mientras dor­míamos, mi hermano cogió las cinco annas que nos quedaban y se largó. No sé adónde fue. Que la maldición de mi padre caiga sobre él. Pero yo y mi hermana fuimos mendigando comida por los pueblos, y no tenían nada para darnos. Todos los hombres nos decían lo mismo: «Id con los ingleses y ellos os darán». Yo no sabía quiénes eran los ingleses, pero ellos nos dijeron que eran blancos y que vivían en tiendas. Yo seguí caminando, pero no puedo decir adónde fui, y no había comida para mí ni para mi hermana. Y una noche de mucho calor, ella llo­raba y pedía comida, llegamos a un pozo, y yo le pedí que se sentara en el brocal, y la empujé, porque, en verdad, no veía, y es mejor morir de una vez que morirse de ham­bre.

¡Ay! ¡Ay! ––se lamentaban a coro las esposas de los mozos de cuadra––, la empujó, ¡porque es mejor morir de una vez que morirse de hambre!

–– Yo me hubiera arrojado también al pozo, pero ella no murió y me llamaba desde el fondo, y yo tuve miedo y eché a correr. Y vino un hombre desde los sem­brados y me dijo que yo la había matado y que había envenenado el pozo, y me llevaron ante el inglés, blanco y terrible, que vivía en una tienda, y él me envió aquí. Pero no había testigos, y es mejor morir de una vez que morir de hambre. Además, ella no veía con sus ojos, y no era más que una niña muy pequeña.

–– No era más que una niña muy pequeña –– repetía como un eco la esposa del jefe de cuadras––. ¿Pero quién eres tú, débil como un pájaro y pequeño como un potro de un día, quién eres tú?

–– Yo estaba vacío y ahora estoy lleno dijo el Pequeño Tobrah, estirándose sobre el polvo––. Y voy a dormir.

La esposa del mozo extendió un lienzo sobre él, mientras el Pequeño Tobrah dormía el sueño de los jus­tos.

Vivo o muerto, no hay otro camino.

(Proverbio indio)

Este relato no es una invención. Por un acci­dente, Jukes se encontró sin saberlo en un pueblo cuya existencia es muy conocida, pero que ningún otro inglés ha visitado. Hubo una institución semejante en los alrededores de Calcuta, y se dice que quien se interne en el riñón de Bikaner, que está en el gran desierto de la India, encontrará no ya un pue­blo, sino toda una ciudad en donde se han establecido los muertos que no murieron, pero que ya no viven. Y como está perfectamente comprobado que en el mismo desier­to existe una ciudad maravillosa, lugar de retiro de todos los usureros que han amasado una fortuna, ¿por qué no hemos de creer el relato de Jukes? Las riquezas de los usureros de esa ciudad son tan grandes que sus dueños no confían ni en la mano firme del Gobierno para su pro­tección, y se refugian en los arenales sin agua. Allí se los ve en carrozas suntuosísimas, con mujeres muy bellas compradas a precios fabulosos; se los ve en palacios lle­nos de oro, marfil y pedrerías...

Marrowie Jukes es un ingeniero civil, con la cabeza perfectamente puesta sobre los hombros, llena enteramente de planos, distancias y cosas de ese género. Por nada del mundo se daría a inventar trampas imagi­narias. Gana mil veces más dedicándose al ejercicio lícito y útil de su profesión.

Por otra parte, no se le ha sorprendido en la más ligera variación o contradicción, y se nota la sinceridad de su cólera cuando se habla del tratamiento indigno a que fue sometido. Escribió su relación sin levantar la pluma, aunque posteriormente le hizo algunos retoques e intercaló en ella un capítulo de Reflexiones morales. Dice así su relato:

El origen de todo fue un ligero acceso de fiebre. Tenía yo que pasar algunos meses en el campo para desempeñar mis trabajos entre Pakpattan y Mubarrakpur. Es un país inmensamente desolado, un arenal extenso, como les consta a todos los que han teni­do la poca fortuna de visitarlo. Los coolies que yo lleva­ba no eran mejores ni peores que los demás. Mi trabajo demandaba una atención demasiado vigilante para que anduviese con la cabeza a pájaros, dado que yo tuviese propensiones al poco viral entretenimiento de las fantasí­as.

El 23 de diciembre de 1884 me sentía en estado febril. Había luna llena, y, por consiguiente, ladraban todos los perros próximos a mi tienda. Reuníanse por parejas o en grupos de tres, y me ponían frenético. Pocos días antes había yo matado uno de aquellos cantores noc­turnos, y por vía de ejemplaridad colgué su cadáver a cin­cuenta metros de mi tienda, esperando que eso infundiría terror; pero los amigos del can lo devoraron, disputándo­se bravamente los despojos. Hecho esto, cantaron sus acostumbrados himnos en acción de gracias con renova­da energía.

La fiebre produce efectos diferentes en el cerebro de cada persona. Pasado un breve rato, mi irritación dio lugar a la determinación fija de acabar con un perrazo blanco y negro que se distinguió por su voz durante el concierto, y que era el más ligero en la fuga cuando se ini­ciaba una persecución.

Mi mano trémula y mi cabeza agitada por la fie­bre, le valieron salir ileso de los dos cartuchos de mi esco­peta de caza. Pensé entonces que lo mejor sería perse­guirlo en campo abierto, y alcanzarlo cuando le diera alcance. Esto, como se comprenderá, era una idea hasta cierto punto delirante, de enfermo atacado por el acceso de la fiebre; pero recuerdo que el plan se aferró en mi cerebro como eminentemente práctico y factible.

Di orden al palafrenero para que ensillara mi caballo Pornic y para que lo llevara cautelosamente a la parte posterior de la tienda. Cuando el jaco estuvo listo, yo me acerqué, preparándome para montar y partir como un rayo, tan pronto como el perro reanudase sus ladri­dos. Sucedió que Pornic no había salido de la estancia durante dos días enteros, que el aire era vivo y fresco y que yo estaba armado de dos agudos y largos argumen­tos de persuasión que me habían servido por la tarde para entenderme con una indolente alimaña. No os costará trabajo creer, por lo dicho, que mi caballo partió rápida­mente, y que, casi rodando como el dado que arrojamos del cubilete sobre la mesa, dejó atrás la tienda, y devoró kilómetros en la tersa superficie de la arenosa llanura. No sólo di alcance al perro, sino que lo dejé atrás, y seguí adelante, olvidándome del objeto con que había empren­dido aquella carrera vertiginosa, y sin pensar para qué llevaba en la mano aquella lanza.

El delirio de la fiebre y la excitación del rápido movimiento en un ambiente tan frío debían de haber amortiguado más aún mis sentidos hasta embotar toda sensación. Recuerdo vagamente que me mantenía recto sobre los estribos y que blandía mi lanza a la luz de una luna apacible que contemplaba mi loco galopar; recuerdo también que apostrofaba como un valentón a los grupos de espinos, cuyas negras manchas se levantaban a dere­cha e izquierda. Una o dos veces me incliné hacia el cue­llo de Pornic, y quedé literalmente colgado de las espuelas, como se vio al día siguiente por el rastro que dejé.

El caballo parecía estar poseído por una legión de demonios, y sin aminorar su carrera, avanzaba por la ili­mitada extensión del arenal, a la luz de la luna. Recuerdo que se inició una cuesta ascendente, y que al llegar a la altura vi las aguas del Satley, brillantes como una barra metálica. Inmediatamente después de esto, Pornic vaciló, y sentí que rodaba conmigo por una pendiente invisible.

Creo que perdí el conocimiento, porque sólo recuerdo que me encontré caído de bruces en un cono de arena suelta, y que la aurora despuntaba en la cumbre de la cuesta por donde había rodado. Cuando la luz permi­tió ver distintamente los objetos, me di cuenta de que estaba en el fondo de un cráter de arena en forma de herradura, que no tenía sino una abertura hacia las vegas del Sutley. Ya no sentía fiebre, y la caída no me había dejado otra reliquia que un aturdimiento, causado, sin duda, por las volteretas. Pornic, que se hallaba a cierta distancia, daba señales de fatiga; pero, por lo demás, no había sufrido lesiones en la caída. La silla, que era de las de polo, había girado hasta quedar debajo del vientre de Pornic, y pre­sentaba huellas de golpes. Tardé algún tiempo en arre­glarla, y, a la vez, pude hacer observaciones sobre el lugar adonde había ido tan impensadamente y con tan poco juicio.

Aunque se me tilde de prolijo, describiré aquel sitio, pues considero necesario el conocimiento de sus peculiaridades para que el lector entienda lo que voy a referir.

Imagínese, como he dicho, un cráter de arena en forma de herradura, cuyas paredes de una inclinación de 65 grados, tendrían aproximadamente diez o doce metros de altura. En el fondo del cráter había un terreno llano, de cincuenta metros de largo por treinta de ancho, en la parte más despejada, con un poco en el centro. Alrededor de este espacio llano, y a un metro, más o menos, de su nivel, había en la cuesta del cráter una serie formada por ochenta y tres agujeros, todos de algo menos de un metro en su abertura, pero que variaban en su forma, pues unos eran semicirculares; otros elípticos; otros cuadrados, y otros, poligonales. Todos los agujeros estaban apuntala­dos por dentro con maderos que había arrastrado la corriente, y se hallaban revestidos de cañas de bambú. Exteriormente los protegían aleros de más de cincuenta centímetros, semejantes a la visera de una gorra de joc­key. No se notaban señales de vida en los túneles; pero la atmósfera estaba impregnada de una fetidez mortal, más intolerable que cuanto he conocido en este género duran­te mis visitas a las aldeas indias.

Pornic estaba tan impaciente como yo por volver al campamento; monté, pues, y recorrí la base de la herradura para buscar salida. Los habitantes del lugar, si los había, no asomaban por parte alguna, y, sin duda, no creían conveniente dejarse ver. Era preciso que yo me atuviese a mis propias inspiraciones. La primera tentati­va que hice para impeler a Pornic por la cuesta arenosa, me dio a conocer que había caído en una trampa seme­jante a la que se emplea contra los leones. A cada paso de mi caballo, la movediza arena caía por toneladas y pro­ducía en los aleros de las moradas subterráneas un ruido seco parecido al de las balas. Dos tentativas infructuosas me hicieron rodar con caballo y todo, medio ahogado por el torrente de arena, y llegar hasta el fondo del cráter. Dirigí, por consiguiente, mi atención a la vega del río.

Todo parecía facilitar la salida por ese lado. Verdad es que las colinas iban a morir en la misma ribe­ra, pero había muchos bajos y hondonadas por donde sería fácil que Pornic galopase, hasta pisar la tierra firme, torciendo a derecha o izquierda. Avancé por el arenal en esa dirección, cabalgando fácilmente, cuando noté el ruido lejano de un disparo que se hacía desde el río, y en el mismo instante oí el juit de la bala, que pasó rozando casi la cabeza de Pornic.

No había confusión posible sobre la naturaleza de aquel cuerpo errante; era un proyectil Martini––Henry. Levanté la vista, y observé que, a quinientos o seiscientos metros de distancia, había un bote anclado en medio del río. Una columna de humo que se desprendía de la proa, y que yo distinguía perfectamente bien en la atmósfera serena de la mañana, me dio a conocer de dónde había partido la delicada atención de que era objeto. ¿Se encontró alguna vez un caballero respetable en un calle­jón sin salida como el que yo iba recorriendo? La traido­ra y empinada cuesta de arena no permitía salir de aquel lugar, que yo visitaba de la manera más involuntaria, y un paseo por el frente abierto del río provocaría el bombar­deo del indígena loco que ocupaba el bote. Al considerar estas circunstancias de mi situación, perdí la moral com­pletamente. Eso no hay para qué negarlo.

Otra bala me advirtió que era urgente retroceder, y lo hice sin pérdida de momento, penetrando de nuevo en el cráter, donde asomaban sesenta y cinco figuras humanas que habían salido de los agujeros de tejón, lla­madas por el ruido de las detonaciones. Estaba hasta entonces engañado, creyendo que las tejoneras no tenían habitantes. Me hallé de pronto en medio de un grupo de espectadores ––cuarenta hombre, veinte mujeres y un niño de menos de cinco años––, todos vestidos muy somera­mente con prendas de esa tela de color salmón que viene siempre asociada, en nuestros recuerdos, a los mendigos de la India. A primera vista, los individuos de aquel extraño grupo me produjeron la impresión de una banda de faquires infectos. La repulsiva suciedad de la asam­blea era indescriptible, y me estremecí, pensando lo que sería la vida en aquellos agujeros.

Aún hoy, después que la autonomía local ha destruido casi en su totalidad el respeto de los indios para el Sahib, recibo habitualmente ciertas muestras de la deferencia de mis inferiores; así, cuando llegué al grupo, esperaba alguna señal por la que se hiciese notar mi presencia. La hubo, pero no de la naturaleza que yo pensaba.

Los harapientos se reían de mí con una risa que no quisiera volver a oír durante el resto de mi vida. No sólo reían: cacareaban, silbaban, aullaban, daban alaridos. Algunos de aquellos seres repugnantes se echaban literalmente al suelo en las convulsiones de una alegría desaforada. Indignado, arroje mi caballo sobre ellos, y con toda la fuerza de mi brazo, repartí bofetadas entre los que se encontraron a mi alcance. Los malditos indios caían como bolos y a la risa sucedían ruegos para implorar clemencia. Los que no habían sido derribados me cogían por las rodillas, rogándome que los perdonase. Hablaban todo género de lenguas y dialectos.

En medio del tumulto, y cuando empecé a senti la vergüenza de mi arrebato, una voz aflautada murmuró, en inglés, detrás de mí:

––Sahib, Sahib. ¿No me reconoce usted? Sahib: yo soy Gunga Dass, el telegrafista.

Di media vuelta y vi al que me hablaba.

Gunga Dass ––y no vaciló en mencionar su verdadero nombre–– era antiguo conocido mío. Años atrás, el Gobierno del Punjab lo había prestado como bramín a uno de los Estados de Khalsia. Tomó a su cargo una oficina telegráfica de un ramal de la línea, y cuando nos vimos por última vez, recuerdo que era un chico jovial, de buena pasta, aunque muy grave en sus funciones oficiales. Tenía una facilidad maravillosa para hacer retruécanos en inglés, y por esto le recordaba más aún que por los servicios que me prestó como empleado público. ¡Tan pocas veces se ve que un indio haga juegos de palabras en inglés!

Aquel hombre había cambiado hasta lo inverosí­mil. No era posible identificarle. Todo había desapareci­do; casta, humorismo, afabilidad... Lo que yo tenía delante era un esqueleto con pellejo, sin turbante, casi desnudo, coronado por una mata de cabello largo y lacio, y animado sólo por dos ojos de pez, que brillaban en el fondo de dos cuencas profundas. A no ser por una cica­triz en forma de media luna que tenía en la mejilla izquierda ––resultado de un accidente del que yo fui causa––, no habría sabido quien era. Pero no cabía duda de que me hablaba Gunga Dass, y podía sentirme satis­fecho de encontrar un indígena capaz de explicarme en inglés los misterios de mi aventura.

Los circunstantes se retiraron a cierta distancia cuando yo volví la cara para ver la triste figura de Gunga Dass. Di a éste la orden de que me indicase el medio de salir del cráter. Tenía él un cuervo que acababa de coger, y como única respuesta a mi pregunta trepó lentamente hasta una plataforma de arena que estaba enfrente de las covachas, y comenzó a encender allí una hoguera, sin hablar palabra. El combustible era de ramas de adormi­dera del desierto, de maderas arrastradas por la corrien­te y de juncos; pero me consoló ver que encendió el haz con una cerilla. Cuando las llamas se levantaron y el cuervo estaba asándose, Gunga Dass me dijo, sin preám­bulo:

––Hay sólo dos clases de hombres, señor: los vivos y los muertos. El que ha muerto, ha muerto, y el que vive, vive.

Se interrumpió para atender a su pajarraco, que estaba a punto de achicharrarse.

––Si usted muere en su casa y no está muerto cuan­do lo llevan al ghat para quemarlo, viene a este lugar.

Al oír esto comprendí la naturaleza de aquella aldea pestilente, y todo cuanto antes leí o se me narró sobre materias grotescas y horribles, palideció en presen­cia del hecho que me comunicaba el antiguo bramín. Dieciséis años antes, cuando desembarqué en Bombay, un armenio vagabundo me contó que había en la India un lugar adonde eran conducidos los indios que, para des­gracia suya, volvían en sí después de un ataque de cata­lepsia o de una muerte aparente. Yo entonces me reí, creyendo que el armenio repetía una conseja de viajeros. Pero al verme en el fondo de aquella trampa de arena evoqué el recuerdo del armenio cuando hablaba yo con él en el Hotel Watson, y me venían a la memoria su faz cetrina, el movimiento de los punkahs, los trajes blanquí­simos de la servidumbre y todos los pormenores de la escena, tan vivamente como si mi cerebro conservase una fotografía de ella. Era tan absurdo el contraste entre aquel momento lejano y el presente, que prorrumpí en una carcajada.

Gunga Dass se inclinaba para asar su inmundo pajarraco, pero no dejaba de observarme con intensa curiosidad. Los indios ríen pocas veces, y las circunstan­cias, por lo demás, no justificaban un acceso de hilaridad. Sacó el cuervo de la hoguera, extrajo el asador de mim­bre en que lo tuvo al fuego, y comenzó a devorar solem­nemente su presa. Cuando hubo acabado, prosiguió así. Doy su relación textual:

––Durante las epidemias de cólera se os lleva para quemaros casi antes que hayáis muerto. A la orilla del río, la frescura del aire os da la vida, y si sólo os queda un hálito, os rellenan de fango la boca y la nariz para que muráis del todo. Pero si tenéis fuerzas que os permitan todavía luchar contra la muerte, se os introduce una cantidad adicional de lodo. Puede darse el caso de que, a pesar de esta maniobra, continuéis viviendo. Entonces os dejan en libertad para que tomeis vuestro camino. Yo me sentí lleno de vida, y protesté enérgicamente contra la infamia que se cometía. Yo era un bramín entonces, y tenía todo el orgullo de mi casta. Ahora soy un muerto, y me alimento de...

Al decir esto dirigió una mirada a los roídos hue­sos del cuervo, con una emoción que era la primera señal de vida moral dada hasta entonces por aquel hombre.

––Ahora como cuervos... o cosas peores aún. Cuando advirtieron que no era un cadáver, me sacaron de las sábanas y me atendieron durante una semana, hasta que pude sobrevivir sin género de duda. Después me enviaron por ferrocarril a la estación de Okara con un hombre que me cuidaba. En Okara encontramos otros dos como yo, y nos llevaron a los tres en camellos, de noche, desde la estación de Okara hasta el lugar que nos estaba destinado. Ese lugar es el que tenemos a la vista. Fui arrojado arenal abajo, y los dos compañeros que me siguieron hasta el fondo de este cráter. Hace dos años y medio que estoy aquí. Antaño fui bramín y tenía orgullo; ahora como cuervos...

––¿Y no se puede salir?

––No hay medio alguno. Cuando yo vine hice toda clase de tentativas y los compañeros también, pero sucumbimos porque la arena se precipita con gran fuer­za sobre nuestras cabezas.

––Pero la parte del río está abierta ––dije al oír sus últimas palabras––, y bien vale la pena exponerse a las balas. Además, de noche...

Había yo madurado un plan de evasión que el natural egoísmo me impedía comunicar a Gunga Dass. Este adivinó mi pensamiento casi en el instante de haber­lo concebido yo, y con gran sorpresa mía se entregó a una risa de burla que, si no era la de un superior, era, por lo menos, la de un igual.

Y sin decirme señor, tratamiento que abandonó después de su primera frase, habló de este modo:

––Será posible que logre usted escapar por allí. Haga la experiencia. Yo la hice, y la hice una sola vez.

Un terror sin nombre, que en vano procuré domi­nar, se apoderó de mí tiránicamente. El largo ayuno ––pues no había probado nada desde la merienda de la víspera, y eran ya las diez de la mañana––, el ayuno, digo, combinado con la agitación violenta de la cabalgata, me tenía exhausto, y creo que durante algunos minutos, por lo menos, me entregué a actos de frenesí. Me arrojaba a la cuesta para subir por ella, daba vueltas en el fondo del cráter, blasfemando y orando alternativamente. Me arrastraba entre los matorrales de la parte del río, aunque cada vez tenía que retroceder con accesos de nervios pro­ducidos por el miedo que me infundía la lluvia de las balas de rifle, pues no quería morir como un perro entre aquella gentuza repugnante. Volvía, pues, agotado y colé­rico a la orilla del pozo que había en el fondo. Entre tanto, nadie había parado mientes en aquella exhibición que aún hoy me ruboriza.

Dos o tres personas se dirigieron al mismo sitio en donde yo estaba jadeando, pero el hábito de ver espectá­culos de ese género las dejaba indiferentes y, además, no tenían tiempo que perder. Gunga Dass, debo decirlo, después de apagar con arena los restos de su fogata, se afanaba por sacar un dedal del agua fétida del charco para rociarme las sienes. Yo hubiera caído de rodillas para darle las gracias por esa cortesía, pero no cesaba de reírse con aquella inexpresiva y mecánica explosión que le produjo mi primera tentativa para salir de la trampa. Dos horas permanecí en un estado casi comatoso. Pero era un ser como todos los demás, y el hambre empezó a reclamar sus fueros.

Así se lo dije a Gunga Dass, quien me parecía lla­mado a ser mi protector natural. Obedeciendo al impul­so del mundo de los vivos cuando se trata de relaciones con los indios, llevé la mano al bolsillo y saqué cuatro anas; pero en el mismo instante me di cuenta de que era absurdo aquel movimiento, y coloqué de nuevo el dinero en el bolsillo. Gunga Dass exclamó, sin embargo:

––Déme usted ese dinero y todo el que tenga o llamo a mis compañeros y le mataremos.

El primer impulso de un inglés, a lo que entiendo, es la defensa del contenido de sus bolsillos; pero no fue necesaria una larga meditación para comprender la insensatez de entrar en pugna con la única persona que podía serme útil, ya para vivir allí lo menos mal posible, ya para salir del cráter si esto era realizable. Le di, por consiguiente, nueve rupias, ocho anas y algunas otras piezas menudas; pues siempre llevo moneda menuda para bakshish cuando trabajo en el campo. Gunga Dass cogió ávidamente el dinero, y se lo guardó en el taparra­bo, mirando en torno suyo para cerciorarse de que nadie nos espiaba.

––Ahora sí le daré a usted algo de comer–– me dijo.

No comprendo de dónde venía el placer que le causaba mi dinero, pero ya que así era, no me pesaba haber hecho el donativo con tanta espontaneidad, pues tengo la seguridad absoluta de que me habría matado si hubiera resistido. Es imposible protestar contra las impo­siciones a que se nos sujeta en un cubil de fieras. Mientras yo comía el indigesto chapatti, que me suminis­tró Gunga Dass, y bebí algunos tragos del agua fétida, los habitantes de la aldea no mostraban señales de curiosi­dad, esa curiosidad que se observa como distintivo de las aldeas indias.

Hasta creí notar que se me veía con desdén. De todos modos, era tratado con la más glacial indiferencia, y Gunga Dass se conducía casi tan mal como sus compa­ñeros. Le hice pregunta tras pregunta sobre aquel funes­to lugarejo, y sus respuestas fueron bien poco satisfactorias. De lo que me dijo pude colegir que la aldea databa de un tiempo inmemorial ––lo que significa que se habría fundado un siglo antes––, y que jamás salió de allí ninguno de los que habían entrado. Al oír esto tuve que sujetarme con ambas manos para impedir que el terror irracional me precipitase en una nueva carrera alrededor del cráter. Gunga Das acentuaba maliciosamente sus desesperantes palabras, y experimentaba un placer dia­bólico al ver la impresión que me producían. Por nada del mundo me decía quiénes eran los que imponían la ley. Hablaba de ellos sin aclarar el misterio.

––Así está ordenado––agregaba––, y yo no sé de nadie que haya desobedecido.

––Aguarde usted a que mis criados se enteren de que me he extraviado ––replicaba yo––, y le aseguro que esta horrible aldea desaparecerá de la faz de la tierra. Además, recibirá usted entonces una lección de cortesía, mi querido amigo.

––No quedará vivo uno solo de los criados de usted si pretenden acercarse a este lugar, y, además, usted ya es un muerto, querido colega. Usted no tiene la culpa ––¿para qué decir lo contrario?––; pero, de todos modos, ya usted está muerto y sepultado.

Supe que de tiempo en tiempo, y en períodos muy irregulares, se arrojaba una provisión al anfiteatro por el lado de tierra. Los habitantes luchaban como lobos para disputarse aquellos víveres. Cuando sentía próximo su fin alguno de los habitantes de la aldea, se retiraba a su cubil y allí moría, lejos de las miradas de los compañeros. A veces se sacaba el cuerpo del hoyo, bien para darle sepultura en el arenal, bien para que se descompusiera a la intemperie.

La frase arrojar al arenal me llamó la atención, y pregunté a Gunga Dass si este procedimiento no impli­caba un peligro de epidemia. El hizo uso de sus habitua­les signos de burla, chasqueando la lengua, y dijo:

––Eso ya lo verá usted. Le sobrará tiempo para hacer observaciones.

Con gran deleite de mi interlocutor, di a conocer mi espanto, haciendo un gesto inequívoco. Y continuan­do la conversación, le pregunté:

––¿Cuál es aquí la vida cotidiana? ¿Qué hacen las gentes?

La respuesta fue idéntica a la anterior, en signos y palabras, y luego agregó:

––El lugar se parece al cielo de los europeos. No hay matrimonios.

Gunga Dass había sido educado en una escuela de misioneros, y el cambio de religión fue obra de pru­dencia, según sus palabras. Pero a pesar de su cautela, no se vio exento de ir a la aldea de la muerte. Con todo, Gunga Dass me pareció un hombre feliz, a juzgar por lo que observé durante el tiempo que pasamos juntos.

Veía en mí a un Sahib, a un miembro de la casta dominante, entregado como un niño recién nacido a la buena o mala voluntad de los indígenas, entre quienes se hallaba. Gunga Dass formó un plan deliberado de tortu­ra lenta, como el niño de escuela que se entrega durante media hora a los encantos de la agonía de un escarabajo clavado en una tabla, o como el hurón que, en la espesu­ra de un matorral, ase por el cuello a un conejillo. Todo su empeño en la conversación se dirigía a demostrarme que no había medio alguno de escapar, y que cuando muriera sería arrojado al arenal. Si nos fuera dable pre­juzgar sobre las penas del infierno, diríase aquélla una conversación entre condenados cuando llega un alma a la morada del eterno sufrimiento. Durante toda la tarde, Gunga Dass me aplicó el martirio de la iniciación. No estaba en mi mano protestar ni responder, pues toda mi energía se agotó en la lucha contra el terror que hacía de mí su presa, cada vez con garras más poderosas. Para que se comprenda lo que yo sentía, no hallo otra comparación que el esfuerzo del que procura evitar el mareo en el canal de la Mancha. La diferencia es que mi sufrimiento no era de orden físico, y, por tanto, infinitamente más terrible.

Al atardecer, los habitantes de la aldea salieron de sus cubiles para recibir los rayos del sol poniente que penetraban ya por la boca del cráter. Se reunían er pequeños grupos, y hablaban sin mirarme. Serían la, cuatro, a lo que creo, cuando Gunga Dass se levantó pare dirigirse a su cueva, de donde salió al cabo de un momento con un cuervo vivo en las manos. El horrible anima estaba todavía más feo de lo que era en sí, a causa de la repugnante suciedad que le cubría, pero no parecía temer a su amo. Avanzando cautelosamente hacia el frente del río, y yendo de montículo en montículo, llegó hasta un espacio despejado que estaba a la vista del bote de los disparos. Los rifleros no dieron señales de alarma. Gunga Dass se detuvo, y, haciendo dos movimientos muy rápidos, puso al cuervo con las alas extendidas, sujeto por detrás. Como era natural, el cuervo empezó a graznar y batir el aire con las uñas. Al instante se levantó una bandada de cuervos salvajes que había en un banco de arena, a menos de un kilómetro, en donde la asamblea discutía sobre el reparto de un objeto que, al parecer, era un cadáver. Seis de los cuervos volaron para informarse de lo que ocurría, y también, por lo que luego se vio, para atacar al animal prisionero. Gunga Dass, que se había escondido en uno de los próximos matorrales, me indicó que no hiciera movimiento alguno, precaución del todo innecesaria. En un instante, y antes que yo me diera cuenta de lo que acontecía, un cuervo salvaje, que atacó al cuervo prisionero, quedó entre las uñas de éste, y desa­sido de ellas con suma rapidez por Gunga Dass, a su vez fue sujetado en la posición del cuervo doméstico. Atraídos, a lo que creo, por la curiosidad, acudieron todos los cuervos de la bandada, y no bien se había reti­rado Gunga Dass a su escondite, dos nuevos cautivos se agitaron entre la uñas de los del señuelo. Así continuó la caza ––si puedo dignificarla con este nombre––, hasta que Gunga Dass hubo capturado siete cuervos. Les torció el pescuezo a cinco en el acto, y reservó dos para repetir sus operaciones. A mí me impresionó extraordinariamente este nuevo método ––nuevo al menos para mí–– de buscar el sustento, y dirigí un elogio muy cumplido a Gunga Dass por su pericia.

––Esto no vale nada ––me contestó––. Mañana lo hará usted, puesto que es más fuerte que yo, y será en mi provecho.

Esta natural y tranquila afirmación de superiori­dad no dejó de exaltarme, y repuse en términos perento­rios:

––¿Eso cree usted, viejo canalla? ¿Y el dinero que le he dado?

––Así será––contestó sin dar señales de alteración––. Tal vez no mañana, ni pasado mañana, ni en mucho tiem­po; pero, al fin y al cabo, y durante muchos años, cazará usted cuervos y comerá cuervos, y déle gracias al Dios europeo de que haya cuervos que cazar y que comer.

Habría tenido el mayor placer del mundo estran­gulando a aquel hombre, pero creí que lo más conve­niente era ocultar mi resentimiento. Una hora después, devoraba yo uno de los cuervos, y, como acababa de decírmelo Gunga Dass, di gracias a mi Dios de que hubiera cuervos. Jamás olvidaré aquella cena durante los años que me resten de vida. Todos los habitantes de la aldea estaban en la dura y arenosa plataforma que se levantaba frente a sus cubiles, inclinados confusamente en torno de fuegos que alimentaban con juncos y misera­bles residuos de toda clase. La muerte se había cernido sobre esas gentes, y después de haberlas perdonado una vez, parecía alejarse de ellas. Muchos de los hombres, en efecto, eran viejos ya, encorvados y decaídos por la edad; las mujeres parecían imágenes de la fatalidad. Yo no com­prendo cuál haya podido ser el objeto de las conversacio­nes de aquellos grupos; pero el hecho es que hablaban, si bien me impresionó la suavidad de su tono, en contraste con la algazara estridente que tanto desagrada en las razas nativas de la India. De pronto, alguno de aquellos infelices sentía un acceso de furor semejante a los que yo había experimentado horas antes; la víctima se precipita­ba entonces hacia la cuesta, dando alaridos y lanzando imprecaciones, hasta que, burlada y herida, caía en la plataforma, postrada completamente por la fatiga. Cuando esto acontecía, los otros no levantaban los ojos para ver el espectáculo, pues conocían la inutilidad del esfuerzo y estaban habituados a la repetición de las infructuosas tentativas. Durante aquella noche presencié nada menos que cuatro de esas explosiones de desespe­ración.

Gunga Dass observó una actitud muy práctica en vista de mi situación, y mientras cenábamos ––hoy lo digo con tono ligero, pero bien sabe Dios lo que sufrí enton­ces––, mi compañero me expuso los términos en que podía serme útil. Mis nueve rupias y nueve anas, dijo, me ser­virían para tener alimentación durante cincuenta y un días, o sea siete semanas, a razón de siete anas por día. Durante este tiempo, él sería mi proveedor. Después, yo vería de atender a mis necesidades. Pasando a otro punto, estaba dispuesto a permitirme que ocupara la cueva contigua a la suya, y a proporcionarme heno para formar mi cama, a cambio de mis botas.

––Muy bien, Gunga Dass––contesté––. Acepto de buen grado la primera proposición, pero como nadie en el mundo sería capaz de impedir que yo le mate en este instante y entre en posesión de cuanto usted tiene, recha­zo del todo la segunda de sus indicaciones. Conservo, pues, mis botas y entraré en la cueva que me plazca.

Al hablar de la posibilidad en que yo estaba de apropiarme los objetos de la pertenencia de Gunga Dass, una vez que éste hubiese muerto a mis manos, pensaba yo en los dos inapreciables cuervos.

El golpe fue atrevido, y sentí una gran alegría al ver que su éxito había sido de lo más lisonjero. Gunga Dass cambió inmediatamente de actitud, y retiró todas sus palabras relativas a mis botas. Debo decir que en aquel momento yo no sentía la impropiedad que había en que un ingeniero civil, con trece años de servicios al Estado, y, sobre todo, que un inglés como cualquiera otro inglés, pues por tal me tengo, amenazase tranquilamente de muerte y despojo a un hombre que, aún cuando fuera interesadamente, me había tomado bajo su amparo. Es verdad que yo había dejado atrás el mundo, y que aque­llas horas me parecían siglos. Y tan cierto como lo estoy ahora de mi existencia, lo estaba entonces de que la única ley era la del más fuerte en mis relaciones con Gunga Dass; que los muertos vivientes habían renunciado para siempre a los cánones del mundo que los arrojaba de su seno, y, por último, que yo sólo viviría en tanto que tuvie­ra fuerza y vigilancia. Los náufragos del infortunado Mignonette son los únicos que hubieran podido com­prenderme en aquella situación.

«Por ahora soy el más fuerte ––pensaba yo––, y puedo imponer condiciones durante mes y medio. Es imperativamente necesario que yo conserve salud y fuer­zas mientras llega el momento de mi rescate, si ese momento ha de llegar. »

Confortado con estas razones, comí y bebí lo mejor que me fue posible, y puse de manifiesto a Gunga Dass mi propósito de ser el amo, y la resolución que había formado de castigar la menor insubordinación de su parte con la única pena de que yo podía disponer, que era una muerte súbita y violenta. Después de esto me fui a descansar, o más bien dicho, Gunga Dass me dio dos brazadas de paja, que arrojé por el orificio de mi cueva, situada a la derecha de la suya, y yo me introduje detrás de mi colchón, con los pies hacia el fondo. El cubil no media tres metros, y estaba perfectamente bien apuntala­do. El piso tenía una ligera inclinación. La abertura de mi alcoba hacía frente al río, y desde mi cama veía yo el ful­gor de la luna en las aguas del Sutley. Procuré conciliar el sueño.

Jamás se borrarán de mi memoria los horrores de aquella noche. Mi cueva era tan estrecha como un ataúd, y las paredes habían sido engrasadas por el contacto de innumerables cuerpos desnudos. El aire estaba impreg­nado de un olor nauseabundo. El sueño era imposible para quien, como yo, sufría una gran excitación. A medi­da que transcurría la noche, parecíame que todo el anfi­teatro se poblaba de legiones de diablos infectos que salían en tropel de los bancos de arena del río para hacer muecas a los infortunados habitantes de las cuevas.

Yo no soy de temperamento imaginativo ––pocos ingenieros lo son––, pero en aquella ocasión estaba tan postrado, bajo la influencia del terror nervioso, como la mujer más asustadiza. Pasada media hora recuperé la calma suficiente a fin de estudiar las probabilidades que tenía para evadirme. Una ascensión por la cuesta areno­sa estaba fuera de lo posible. Ya antes había llegado a for­mular esta convicción. Existía una posibilidad ––simplemente una posibilidad–– de que la incierta luz de la luna me hiciese dable escapar al tiro de los rifleros. Tal terror me infundía el lugar en que me encontraba, que aceptaba de antemano cualquier peligro para lograr mi evasión. Imagínese, pues, mi alegría cuando, después de avanzar sigilosamente hacia el frente del río encontré que el bote infernal había desaparecido. ¡No tenía sino dar unos cuantos pasos para verme en plena libertad!.

Encaminándome hacia el primer estero que se formaba al pie de la rama izquierda de la herradura, podría vadear el lagunejo superficial, dar vuelta al flanco del cráter y tomar la dirección que me alejase del río. Sin un momento de vacilación, marché con extraordinaria rapidez por entre los mogotes en donde Gunga Dass había tendido el lazo a los cuervos, y pisé el arenal cuya tersa superficie se extiende frente a los montículos. No había avanzado dos pasos fuera de los penachos de hier­ba seca que me ocultaban, cuando me di cuenta de la futi­lidad que encerraba toda tentativa de evasión, pues en vez de sentir la tierra firme bajo mis plantas, advertí un movimiento indescriptible de la arena, que parecía atra­erme y chuparme, pues hundí la pierna derecha casi hasta la rodilla. La dilatada superficie del arenal se movía a la luz de la luna como agitada por la diabólica delicia de mi desencanto. Sudoroso por el terror y por la fatiga, luché para que no me tragara el arenal, y refugiándome en uno de los montículos, caí de bruces.

¡El único camino que se me habría era algo como un tremedal, un lado de arena!

No podría decir cuánto tiempo permanecí en aquella postura; pero sí sé que me despertó el cacareo maligno de Gunga Dass, quien me dijo al oído: ––Le aconsejo, ilustre Protector de los pobres ––y me lo decía en inglés––, que vuelva a casa. Esto es dañoso y ade­más, al venir el bote le dispararán. Veía yo la figura de Gunga Dass iluminada por la luz indecisa de la madrugada, y oía su eterna risa de burla. Dominé el primer impulso, que fue el de coger por el cue­llo a aquel hombre y arrojarlo al arenal para que éste se lo tragara. Me levanté sin decir palabra, y seguí triste­mente a Gunga Dass hasta la plataforma de las madri­gueras.

Rompí el silencio para preguntar (¡con cuánta inutili­dad!, según lo comprendí no bien había empezado mi frase):

––Gunga Dass, ¿para qué sirve ese bote si no puede uno salir de ningún modo?

Recuerdo que aún en los momentos más angus­tiosos pensaba yo sobre la inutilidad de gastar cartuchos en la protección de aquella playa inabordable.

Gunga Dass, riendo con gran alborozo, contestó:

––Sólo se ve el bote durante el día, y está allí por la razón de que hay una salida. Creo que hemos de tener el gusto de que usted nos acompañe mucho tiempo, y que encontrará muy de su agrado este lugar de recreo cuan­do pasen los años y haya podido comer muchos cuervos asados.

Con paso vacilante, y con el alma en el último grado del abatimiento, me dirigí a la covacha que me ser­vía de morada, y caí en un profundo sueño. Habrían transcurrido a lo más dos horas, cuando me despertó un agudo alarido: era el relincho de un caballo, la queja penetrante y desesperada de un animal que sufría. Quienes lo hayan oído no lo olvidarán. Con dificultad salí de mi tejonera, y no buen hube salid, lo primero que vi fue a Pornic, mi antiguo y buen amigo Pornic, tendido ya sin vida en el arenal. No sé de qué arte se valieron para matarlo. Gunga Dass explicó que la carne de caballo es mejor que la de cuervo, y que «el mayor bien del mayor número» es una máxima de sabía política.

––Sí; el mayor bien del mayor número, tal es el principio que acatamos aquí. Estamos en una república, Mr. Jukes, y usted recibirá la parte correspondiente de carne. Si usted quiere, le daremos también un voto de agradecimiento. ¿Le parece a usted que lo proponga?

Era verdad: estábamos en una república; en una república de bestias feroces encerradas en el fondo de un pozo, condenadas a comer, a luchar y a dormir hasta el día del sueño final. En menos tiempo del que tardo en escribir esto, el cuerpo de Pornic fue dividido, empleán­dose en ello los procedimientos más repugnantes. Hombres y mujeres llevaban sus despojos a la platafor­ma, y preparaban el almuerzo. Gunga Dass se ocupó en el mío. Una vez más sentí el impulso casi irresistible de escalar el muro de arena y de agotar mis fuerzas en esa inútil empresa, pero luche contra mí mismo y pude domi­narme, empleando para ello toda mi voluntad. Entre tanto, Gunga Dass me martirizaba con sus bromas ofen­sivas, y me vi precisado a notificarle que, si continuaba observando esa conducta, le dejaría muerto a la primera palabra que pronunciase con la intención de mortificar­me. Guardó silencio hasta que el silencio se hizo insopor­table, y le dije que hablara.

––Usted estará aquí hasta que muera como el otro Feringhi –– dijo fríamente, mirándome con fijeza mientras devoraba un cartílago.

––¿Y a qué otro Sahib te refieres, cerdo? Habla y no te detengas para urdir un embuste.

––Allí está–– me dijo, señalando hacia una tejonera que era la cuarta a la izquierda de la mía––. Puede usted ir ––agregó–– y enterarse por sí mismo. Murió en la cueva como usted morirá y como yo moriré, y como todos aca­barán por morir, hasta ese niño.

––Por piedad, dígame usted lo que sepa sobre ese hombre. ¿Quién era? ¿Cuándo vino? ¿Cuándo murió? Estas preguntas fueron un error mío. Gunga Dass me miró de soslayo, y contestó:

––Yo no digo nada... a menos que primero me de usted algo.

Recordé en dónde estaba y di una puñada a mi hombre, entre cejay ceja, dejándolo atontado. Bajó inme­diatamente de la plataforma, empezó a dirigirme palabras lisonjeras y adulatorias, lloró, quiso abrazarme las rodi­llas y acabó por conducirme a la tejonera que había seña­lado.

––No sé nada de este caballero. Pongo por testigo al Dios de usted. Tenía tanta ansia por salir de aquí como usted ahora, y le mataron los rifleros del bote, aunque hicimos todo lo posible para impedir que se expusiera al peligro. Aquí le hirieron.

Gunga Dass se ponía la mano en el enflaquecido vientre, y hacía reverencias.

––Está bien. ¿Y después qué pasó? Prosiga usted.

––Después, después, honorable señor, le llevamos a su casa y le dimos agua, y le pusimos lienzos húmedos en la herida. El se acostó y entregó el espíritu.

––¿Cuánto tiempo después? ¿Cuánto tiempo?

––Murió media hora después de haber recibido la herida. Pongo por testigo a Vishnú ––decía con voz lasti­mera el miserable––; pongo por testigo a Vishnú, que hice todo lo posible en su favor. Todo lo que fue posible, eso hice yo.

Se echó al suelo y me cogió los tobillos. Pero yo abrigaba dudas muy serias respecto a la caridad de Gunga Dass; así es que le rechacé a puntapiés, interrum­piendo sus protestas.

––Creo que usted le robó todo lo que tenía. Pero yo lo averiguaré en dos minutos. ¿Cuánto tiempo estuvo aquí el Sahib?

––Casi año y medio. Yo creo que se volvió loco. ¡Pero oiga usted mis juramentos, Protector del pobre!

¿No quiere el honorable señor oír cómo juro que jamás puse la mano en ninguna de las cosas pertenecientes al Sahib? ¿Qué va a hacer su reverencia?

Yo había cogido por el talle a Gunga Dass y le arrastraba hacia la plataforma, frente al agujero abando­nado.

Entre tanto, pensaba en las angustias del prisio­nero y en los horrores que habría visto durante dieciocho meses, para morir al cabo como una rata en su agujero, atravesado por una bala. Gunga Dass creía que le con­ducía para darle muerte, y daba aullidos de miedo. La población de la aldea, con la plétora que sigue a un ban­quete de carne, nos miraba sin pestañear:

––Entre, Gunga Dass; entre y saque al muerto.

Yo sentía la náusea y el desfallecimiento del horror. Gunga Dass casi rodó de la plataforma y no cesa­ba de dar aullidos.

––Yo soy bramín, Sahib...; un bramín de alta casta. ¡Por su alma, por el alma de su padre, no me obligue usted a hacer esto!

––Por mi alma y por el alma de mi padre, usted entrará, sea o no sea bramín.

Al decir esto, le cogí por los hombros, le metí de cabeza en la tejonera y, haciendo fuerza con la planta del pie, conseguí que desapareciera todo el cuerpo de Gunga Dass. Después me senté y me cubrí la cara con ambas manos.

Pasados algunos minutos oí crujidos y después la voz de Gunga Dass que monologaba, dando sollozos. Por último, al sentir un toque muy suave, abrí los ojos.

La seca arena había momificado el cadáver. Yo ordené a Gunga Dass que le mantuviese enhiesto para examinarle mejor. El cuerpo estaba cubierto con un traje de caza verde oliva, muy sucio y raído, y tenía dos hom­breras de cuero. La amarillenta momia representaba a un hombre de treinta a cuarenta años, de estatura mas que mediana, de pelo rubio ceniciento, largo bigote y barba áspera e inculta. Le faltaba el diente incisivo izquierdo de la mandíbula superior, y también una parte del lóbulo de la oreja derecha. Tenía una sortija en el dedo anular de la mano izquierda ––un jaspe verde en forma de escudo incrustado en oro––, con un monograma que podía ser B.K. o B.L. En el dedo mayor de la mano derecha se le encontró un anillo de plata en forma de cobra enroscada. Esta joya estaba muy gastada y deslucida. Gunga Dass depositó un puñado de objetos insignificantes sacados de la tejonera. Yo cubrí con mi pañuelo la cara del cadáver y procedí al examen de esos objetos. Doy a continuación una lista completa de ellos, con la esperanza de que pueda servir para la identificación del desdichado a quien pertenecieron:

1. Chimenea de una pipa de madera, dentellada; muy vieja y ennegrecida; sujeta con una cuerda en el tor­nillo.

2. Dos palancas de conmutador con las guardas

rotas.

3. Un cortaplumas con mango de carey, plata o níquel, y una placa con este monograma: B. K.

4. Sobre un sello de Victoria, y procedencia indes­cifrable, dirigido a la señorita Mon (lo demás, ilegible)... ham... nt.

5. Libro de apuntaciones, imitación de piel de cocodrilo, y un lápiz. Las primeras cuarenta y cinco pági­nas están en blanco; cuatro y media, escritas, pero ilegi­bles; el resto, que son quince, contiene datos íntimos relativos a tres personas: una, señora L. Singleton, cuyo nombre está muchas veces abreviado, Lot Single; la seño­ra S. May, y Germison. A este último se le menciona bajo los nombre de Jerry o Jack.

6. Mango de cuchillo de monte, pequeño. La hoja fue rota en la base. El mango es de cuero de carnero, romboidal, y tiene argolla y cadena en el tope. Lleva un fragmento de cordoncillo.

No es de suponer que yo hiciera este inventario tan completo como consta aquí, y me limite a las obser­vaciones más someras. Lo que primeramente llamó mi atención fue el libro de notas, que guardé para examinar­lo posteriormente con todo detenimiento. Llevé los otros objetos a mi tejonera para ponerlos a cubierto de manos codiciosas, y allí fue donde hice el inventario, de acuerdo con mis hábitos de hombre metódico. Ordené a Gunga Dass que me ayudase a llevar el cadáver, y le condujimos al frente del río. Mientras hacíamos esto, cayó de uno de los bolsillos del cadáver un cartucho vacío de arma de fuego. Gunga Dass no lo había visto cuando rodó a mis pies. Yo me puse a pensar que un hombre no se guarda en el bolsillo los casquillos de sus armas, especialmente si son brown, como aquél; pues por su cápsula circular no sirven para otra carga. O en otros términos: resultaba que el cartucho había sido disparado en el interior del cráter. Si había sido disparado allí, existiría un arma de fuego. Quise preguntárselo a Gunga Dass, pero me abs­tuve de hacerlo, pues comprendí que me engañaría. Depositamos el cadáver en el extremo del arenal movedi­zo, junto al montículo de los cuervos. Mi propósito era arrojarlo para que se lo tragase el lago de arena, como único medio de darle sepultura. Ordené a Gunga Dass que se retirara.

Cuando me vi solo arrastré con precaución el cadáver hasta la orilla del arenal. Al hacerlo, y como se rompiera el podrido khaki de la blusa, vi una horrible cavidad en la espalda del cadáver, que en aquel momen­to se hallaba boca abajo. Ya he dicho que el cuerpo esta­ba momificado por la acción de la seca arena.

Una rápida inspección me hizo ver que la herida del cadáver había sido producida por una bala y, en tales condiciones, que el disparo debió de haberse hecho a quema ropa. Ahora bien: como el traje esta intacto, era indudable que se le puso después de la muerte, instantá­nea seguramente, a juzgar por la naturaleza de la herida. Como un relámpago atravesó por mi cerebro la idea de aquella muerte misteriosa. Alguno de los habitantes del cráter, probablemente Gunga Dass, asesinó al Sahib con la propia arma de éste ––un arma a la que se adaptaban los cartuchos brown––. No había tal tentativa de evasión por la línea de fuego del bote.

Arrojé el cadáver y lo vi desaparecer literalmente en unos cuantos segundos. El espectáculo me produjo escalofríos. Sin conciencia clara de lo que hacía, me puse a examinar la cartera. Entre los pliegues y el lomo de la encuadernación había una hoja de papel, manchada y con el color ya muy desteñido. La hoja cayó cuando yo abría el librito y leí en ella lo que copio: Cuatro fuera del montículo de los cuervos; tres a la izquierda; nueve afue­ra; dos a la derecha; tres atrás; dos a la izquierda; siete afuera; uno a la izquierda; nueve atrás; dos a la derecha; seis atrás; cuatro a la derecha; siete atrás. El papel tenía quemadas y carbonizadas las orillas. Su significado me era desconocido. Me senté en los secos matojos y estuve dando vueltas en las manos al papel, hasta que me hice cargo de que Gunga Dass observaba todos mis movi­mientos con ojos de fuego y manos extendidas.

––¿Lo ha tomado usted? ––preguntó palpitante­¿Me dejará usted que yo también lo vea? Juro que lo devolveré.

––¿Qué cosa he tomado yo? ¿Qué devolverá usted?–– pregunté a Gunga Dass.

––Eso que tiene usted en las manos. Servirá para los dos.

Y al decir esto agitaba los pies, que parecían de ave por la flacura, y temblaba todo él de ansiedad.

––Yo no pude encontrarlo ––agregó––. El lo había ocultado muy bien. Por eso le di muerte, y tampoco pude encontrar eso después.

Gunga Dass había olvidado por completo su invención de la bala del rifle. Yo le escuchaba con calma. La moral no conserva todos sus fueros en el mundo de los muertos que viven.

––¿Qué quiere decir todas esas extravagancias? No entiendo una sola palabra. ¿Qué desea usted que yo le de?

––Ese pedazo de papel que había en la cartera. Nos servirá a los dos. ¡Necio! ¡Necio! ¿No comprende usted lo que eso significa para nosotros? ¡Escaparemos!

Su voz se había elevado al diapasón del alarido. Bailaba como un loco delante de mi. Confieso que yo también me excité al pensar en las probabilidades de una evasion.

––¿Dice usted que esta tira de papel nos servirá? ¿Cuál es su significado?

––¡Lea usted en alta voz! ¡Lea usted en voz alta! ¡Le suplico y ruego que lo lea en alta voz!

Lo hice. Gunga Dass escuchó transportado de alegría y trazó con sus dedos una línea quebrada sobre la arena.

¡Vea usted ahora! Era el tamaño de su escopeta, sin la culata. Yo tengo los dos cañones. Cuatro cañones del lugar donde cogí los cuervos. Hacia afuera. ¿Entiende usted? Después, tres a la izquierda. ¡Ah! Ya caigo ahora, y me explico lo que hacía aquel hombre noche a noche. Después, nueve hacia afuera, y así suce­sivamente. Afuera quiere decir en línea recta, hacia el Norte, sobre el lado de arena. El me lo dijo antes de que le matara.

––Pero si usted sabía todo esto ¿por qué no se eva­dió?

––Porque yo lo ignoraba. Hace año y medio me dijo que trabajaba en ello, y que noche a noche, cuando el bote se retiraba y era fácil llegar hasta la orilla del are­nal, él salía a buscar el camino. Después me dijo que nos evadiríamos los dos juntos. Pero yo tuve miedo de que me dejara una noche al acabar su trabajo de exploración, y por eso le maté. Además, no conviene que el que haya entrado aquí pueda escapar. Sólo yo, que soy bramín.

En el frenesí de la alegría estreché efusivamente la mano a Gunga Dass, después de haber combinado la ten­tativa de evasión para esa misma noche. ¡Con qué ator­mentadora lentitud transcurrieron las horas de la tarde!

Serían las diez de la noche cuando apareció la luna a la orilla del cráter. Gunga Dass fue a su tejonera para llevar los cañones de la escopeta que debían servir­nos como unidad en la medida de las distancias de la vía. Todos los infortunados habitantes de la aldea de los muertos descansaban en sus cubiles. El bote de los rifle­ros había descendido la corriente pocas horas antes. Gunga Dass y yo estábamos solos en la trampa de los cuervos. El llevaba los dos cañones de la escopeta, y como cayera al suelo la hoja de papel que contenía las indicaciones, me incliné violentamente para recogerla. No bien inicié ese movimiento me di cuenta de que el infame iba a asestarme un golpe mortal en la nuca con los dos cañones. Era ya tarde para evitarlo, y caí sin sentido a la orilla del arenal.

Cuando volví en mí, la luna se ocultaba, y sentí un dolor insoportable en la parte posterior de la cabeza. Tenía la boca llena de sangre. Gunga Dass había desapa­recido. Yo me dejé caer al suelo, rogando a Dios que me enviase la muerte. Después de este movimiento de resig­nación se apoderó de mi la furia insensata de que he hablado antes, y me dirigí con paso vacilante hacia los muros arenosos del cráter. Oí con sorpresa una voz que me llamaba:

––Sahib, Sahib, Sahib...

Esa voz me recordaba por su suavidad la del cria­do que me despertaba todas las mañanas en el campa­mento.

Me creí dominado por una imaginación delirante hasta que sentí sobre mis pies la caída de un puñado de arena. Levanté la vista y vi una cabeza que se asomaba al anfiteatro. Era Dunnoo, mi fiel criado. No bien se dio cuenta de que yo le había visto, tendió la mano y me mos­tró una cuerda. Como pude, le hice señas de que la echa­se. Eran dos cuerdas de piel trenzada, añadida la una a la otra, y con un nudo corredizo en el extremo. Pasé el lazo por debajo de los brazos; Dunnoo avanzó en la orilla del cráter y fuí izado, con la cara hacia abajo, por la empina­da ladera que se desmoronaba. Un instante después me hallaba en la colina dominante, medio asfixiado y con una vaga conciencia de mí mismo. Dunnoo, cuya cara ceni­cienta iluminaba la luna, me rogó que sin pérdida de momento volviéramos a mi tienda de campaña.

Refirió en el camino que, habiendo seguido las huellas de Pornic en el trayecto de cerca de veinte kiló­metros que había desde el campamento hasta el cráter, fue a llevar la noticia a mis criados, quienes se negaron a intervenir en la evasión de un hombre que había caído en la horrible Aldea de los Muertos, ya se tratase de un indí­gena o de un blanco. En vista de esto, Dunnoo tomó uno de mis caballos y dos cuerdas de punkah, volvió al cráter y me sacó de allí, como he dicho.

Escrito por olga

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